Contribuido por David Melon
EL MILENARISMO O QUILIASMO Y SU ORIGEN JUDEO-CRISTIANO.
La creencia de un reinado terreno del Mesías por mil años se denomina en Teología "milenarismo" (del latín "mille annorum") o "quiliasmo" (del griego "khilioi"=mil años).
En la época en que nació y se desarrolló el cristianismo el judaísmo vivía una época de gran efervescencia, pues la esperanza mesiánica inflamaba a varias tendencias religiosas organizadas en su seno. La mayoría de los rabinos esperaba que llegase el hijo de David (el glorioso rey del pasado) para liberarlos aquí, en la tierra, del yugo romano y para llenar de esplendor a Judea, como lo estuvo en el pasado, en los términos que hemos visto más arriba. Por su parte, el cristianismo original, siendo secta judía y de judíos, se sustentó en la esperanza de la inmediata venida del Mesías, el establecimiento de su reino y el Juicio final. Sólo le diferenciaba de otras tendencias dentro del judaísmo en que sería una segunda (y no primera) venida, puesto que el Mesías Jesús ha había venido, y había prometido volver muy pronto. Ante esa inminencia del final, los primeros cristianos se desprendieron de todo lo material y se entregaron a un amor fraterno propio de una situación tan crítica, en que sería juzgado y premiado o condenado cada uno. Otras tendencias del judaísmo habían previsto esa situación, sólo que la esperaban para más adelante: los cristianos no debían esperar, puesto que el futuro reino mesiánico ya había llegado con Jesús, y había que preparar el camino para su establecimiento definitivo.
Al ver que la inminente vuelta del Mesías cristiano se demoraba, sus seguidores no abandonaron la idea que dio origen al milenarismo. Al contrario, sólo la reinterpretaron en función de las tendencias que se iban perfilando dentro del movimiento.
Por eso el milenarismo fue una idea muy extendida entre los cristianos de los tres primeros siglos. Inspirándose en la 2ª Epístola de Pedro (3,13) y, sobre todo, la cita de Apocalipsis 20, se pensaba que sobrevendría un reinado pacífico de Cristo en la tierra que se extendería por mil años desde la resurrección de los justos (la "primera resurrección") hasta la llegada del Anticristo. En ese intervalo de tiempo Satanás sería ligado en el abismo y la Iglesia triunfaría sobre él. Después vendría la derrota del Anticristo, la resurrección de los malvados ("segunda resurrección") y el Juicio Final: los malvados serían condenados y los justos tomarían posesión definitiva de la Jerusalén celestial. Algunos también consideraron milenaristas las citas de Pablo de Tarso (1 Cor. 15,22-26 y 1 Tes. 4,13-18) En ellas habla de un orden en la resurrección: primero los justos cristianos y luego todos los poderes opuestos a Cristo, que serán dominados.
Hasta entonces (comienzos del s. III), el milenarismo de corte judeocristiano era la opción mayoritaria.
Papías de Hierápolis evocaba el milenio, en el que sobresalen los aspectos materiales y concretos, de la siguiente manera: "Llegará un tiempo en el que las viñas crecerán y cada una de ellas tendrá mil cepas, y en cada cepa habrá diez mil ramas y cada rama contará con diez mil botones y en cada botón habrá diez mil racimos y cada racimo tendrá diez mil uvas y cada uva dará veinticinco medidas de vino". Y lo mismo sucederá con las frutas y todas las otras semillas. "Todos los animales, utilizando este alimento de la tierra, vivirán en paz y en armonía y estarán completamente sometidos al hombre". (testimonio de Anastasio Sinaítico en 'Contempl. anagog. in Hexaëm.', libro I).
Del milenarismo de Papías también tenemos testimonios en Eusebio, Jerónimo, Genadio, Máximo el Confesor, pero el testimonio más interesante es sin duda el de Ireneo, sobre todo porque este lo relaciona con una tradición más amplia, que identifica como "los presbíteros", y conecta directamente con el apostol Juan: Ireneo, Adversus Haereses III, 33, 3: "Así, los presbíteros, que vieron a Juan discípulo del Señor, recuerdan haber oído de él las enseñanzas y las palabras del Señor a propósito de aquellos tiempos: "Llegarán días, en los cuales nacerán viñas con diez mil sarmientos y en cada sarmiento diez mil brazos y en cada brazo diez mil ramitos y en cada ramito diez mil granos y cada grano exprimido producirá veinticinco medidas de vino. Y cuando uno de los santos recogerá un grano, otro gritará: 'Yo soy mejor, por medio mío bendice al Señor. De manera parecida, también un grano de trigo producirá diez mil espigas y cada espiga tendrá diez mil granos y cada grano rendirá cinco medidas dobles de flor de harina pura y todos los demás frutos y simientes y hierbas según la analogía que se sigue, y todos los animales nutriéndose de los productos recibidos de la tierra se tornarán pacíficos y vivirán en armonía, en todo sometidos al hombre".
Por su parte, Justino Martir conoce y adopta la interpretación judía del reino mesiánico relacionado con la estancia en el Edén: será una vuelta a las condiciones paradisíacas: (los cristianos) "no sólo admitimos la futura resurrección de la carne, sino también mil años en Jerusalén, reconstruída, hermoseada y dilatada como lo prometen Ezequiel, Isaías y los otros profetas"
Y tras citar a Isaías (65,17-25) interpreta: "Lo que en estas palabras, pues, se dice : 'Porque según los días del árbol de la vida, serán los días de mi pueblo, envejecerán las obras de sus trabajos', entendemos que significa misteriosamente los mil años. Entendemos también que hace también a nuestro propósito aquello de 'Un día del Señor es como mil años'. Además hubo entre nosotros un varón por nombre Juan, uno de los apóstoles de Cristo, el cual, en revelación que le fue hecha, profetizó que los que hubieren creído en nuestro Cristo, pasarán mil años en Jerusalén; y que después de esto vendría la resurrección universal y, para decirlo brevemente, la eterna resurrección y juicio de todos unánimemente. Lo mismo vino a decir también nuestro Señor: 'No se casarán ni serán dadas en matrimonio, sino que serán semejantes a los ángeles, hijos que son del Dios de la resurrección' (Lc. 20,35-36)" ('Diálogo con Trifón' 80-81)
Justino, afirmaba que en la Jerusalén gloriosa del milenio "no se escucharán más gemidos ni lamentos; no habrá niños nacidos antes de término, ni ancianos que no cumplan su ciclo […]. Se construirán casas y cada uno de nosotros vivirá en ellas; se plantarán viñedos y nosotros mismos comeremos su producto". La procreación seguirá existiendo, pero su fruto será una raza bendita.
Justino, es el primer escritor cristiano cuya doctrina milenarista leemos en una obra que nos ha llegado directamente. Se trata del "Diálogo con Trifón", un judío culto: aunque Justino no es propiamente asiático de nacimiento, el diálogo se desarrolla en Efeso, la metrópolis más importante del Asia proconsular, y una ciudad donde la tradición judía era muy fuerte e influenciaba profundamente la comunidad cristiana. El judío Trifón muestra un momento de duda en creer en la sinceridad de las palabras de Justino sobre la profesión de milenarismo por parte de los cristianos, y Justino explica entonces:
Diálogo 80, 2: "No soy tan mezquino, o Trifón, como para hablar distinto a como pienso. () Por otro lado, te he dicho que muchos, incluso entre los cristianos de mente pura y religiosa, no aceptan esta doctrina (). Yo, junto con los cristianos de total ortodoxia , sabemos que habrá resurrección de la carne y los mil años en Jerusalén reedificada, renovada y ampliada, como lo dicen los profetas Ezequiel, Isaías y los demás". Siguen las famosas citas de Ezequiel 37, 12-14 e Isaías 65, 17-25.
Como se ve, por un lado Justino admite que no todos los "buenos" cristianos son milenaristas, sin embargo no teme en afirmar que el milenarismo es parte integrante de una ortodoxia verdaderamente completa. El otro aspecto interesante en el relato de Justino se halla en el cap. 83, 4, donde el autor conecta la doctrina con el texto del Apocalipsis, y coloca explícitamente los mil años en Jerusalén, allí donde el texto biblico hacía discretamente referencia a la "ciudad amada", y se servía en cambio del nombre de Jerusalén para describir la consumación total del tiempo, la Jerusalén propiamente celestial.
Ireneo de Lyon se nos presenta, dentro del ambiente asiático, como el punto de llegada, el punto culminante en el cual la idea del milenarismo es integrada dentro de una visión teológica coherente. Leamos el pasaje que nos parece más importante: Adversus Haereses V, 32, 1: "El pensamiento de algunos es inducido a error por discursos de herejes, a punto tal que ignoran los designios de la salvación de Dios y el misterio de la resurrección de los justos y del reino que es el principio de la incorrupción. Este reino es el medio por el cual los que habrán sido estimados dignos, poco a poco se acostumbrarán a acoger a Dios. En consecuencia, a propósito de ellos hay que decir que los justos, resucitando los primeros en esta creación que se renueva por la manifestación del Señor, recibirán la herencia prometida por Dios a los padres y reinarán. Sucesivamente habrá el juicio. Tal como es justo, ellos recojen los frutos de su paciencia justamente en la creación en la cual sufrieron o fueron atormentados y puestos a prueba en todas las maneras en su paciencia; reciben la vida justamente en aquella creación en la que fueron muertos por motivo del amor de Dios, y reinan justamente en aquella creación en la que soportaron la esclavitud. Dios efectivamente es rico en todo y todo le pertenece. También la Creación, por lo tanto, restaurada en su condición original, debe ser puesta a servicio de los justos sin ningún obstáculo. El Apóstol Pablo lo declaró en la carta a los Romanos: La Creación fue sometida a la caducidad, no por su voluntad, sino por la voluntad del que la sometió, porque también la Creación será liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios (Rom 8, 19-21). Así también la promesa que Dios hizo a Abraham dura de manera irrevocable. Dios dijo efectivamente: Mira hacia arriba con tus ojos, y mira desde donde estás ahora hasta el norte, el sur, el oriente y el poniente y el mar: porque toda la tierra que ahora ves, te la daré a ti y a tu descendencia para siempre (Gen 13, 14-15)".
En el contexto de la polémica antignóstica, Ireneo tiene la ocasión para valorizar al máximo el tema del milenio, enganchándolo con uno de los temas básicos de la revelación cristiana: la encarnación del Verbo, en su estrecha relación con la necesidad de la Redención, impulsa a una inevitable consecuencia: toda la creación, incluyendo todos sus aspectos materiales, es redimida e insertada en Cristo. De allí viene la relación coherente entre las promesas veterotestamentarias, a partir de las promesas hechas a Abraham hasta las profecías más recientes por un lado, y la afirmación tan sublime y universal de Rom 8, 21 por el otro. (De las profecías veterotestamentarias, Ireneo reúne un buen número: Is 6, 11; Dan 7, 27; 12, 13; Jer 38, 10; Is 31, 9-32; 54, 11-14; 65, 18-22).
A partir de eso, se plantea una tajante polémica contra la interpretación alegórica y espiritualizante de dichas promesas, propia de los gnósticos, y que arriesgaba poner en duda justamente, con la "resurrección de los justos", el núcleo mismo de la revelación cristiana. Para prevenir el ser acusado de una interpretación judaizante del Antiguo Testamento, Ireneo reúne un dossier neotestamentario en apoyo de su tesis fundamental, que incluye palabras indiscutiblemente atribuidas al mismo Jesús: en particular, la beatitud de los mites, que heredarán la tierra, el versículo de Mateo 26, 27 sobre Jesús que va a beber de nuevo el fruto de la vid en el reino de su Padre, y la afirmación de Mateo 19, 29 que dice: "Cualquiera que abandone campos o casas o padres o hermanos o hijos por causa mía, recibirá el céntuplo en este tiempo, y en el futuro la vida eterna".
Para Irineo, la Jerusalén renovada del milenio preparará la Jerusalén definitiva del cielo, pero no se confundirá con ella. "Estos acontecimientos, asegura el obispo de Lyon, no se situarán en las regiones supra celestes […]; se producirán durante el reino, cuando la tierra haya sido renovada por el Señor y Jerusalén reconstruida a imagen de la Jerusalén celestial". De esta manera, la primera ciudad prepara a la segunda.
Sobre todo estas últimas palabras parecen confirmar de la manera más evidente que los tiempos propiamente escatológicos (la vida eterna) serán precedidos por una era de felicidad terrenal (en este tiempo). Así se expresa por lo tanto Ireneo para contrastar la interpretación alegórica, en una de las síntesis más vigorosas de su teología: Adversus Haereses V, 35, 2: "Y ninguno de estos detalles se puede entender en sentido alegórico, sino que son todos firmes, verdaderos y sustanciales hechos por Dios para beneficio de los justos. Tal como Dios resucita al hombre verdaderamente, así también el hombre resucitará de los muertos verdaderamente y no en sentido alegórico, como lo hemos demostrado con argumentos tan concluyentes; y tal como resucitará verdaderamente, así se ejercitará verdaderamente de antemano en la incorrupción y crecerá y cobrará fuerza en los tiempos del reino para llegar a ser capaz de la gloria del Padre : después, con la renovación de todas las cosas, habitará verdaderamente en la ciudad de Dios". Sigue la cita de Ap 20, 21 sobre la renovación de todas las cosas.
La misma postura vemos en Tertuliano : "Confesamos que nos ha sido prometido un reino aquí abajo aún antes de ir al cielo, pero en otra condición de cosas. Este reino no vendrá sino después de la resurrección, y durará mil años en la ciudad de Jerusalén que ha de ser construída por Dios. Afirmamos que Dios la destina a recibir a los santos después de su resurrección, para darles un descanso con abundancia de todos los bienes espirituales, en compensación de los bienes que hayamos menospreciado o perdido acá abajo. Porque realmente es digno de él y conforme a su justicia que sus servidores encuentren la felicidad en los mismos lugares en los que sufrieron antes por su nombre. He aquí el proceso del reino celestial: después de mil años, durante los cuales se terminará la resurrección de los santos, que tendrá lugar con mayor o menor rapidez según hayan sido pocos o muchos sus méritos, seguirá la destrucción del mundo y la conflagración de todas las cosas. Entonces vendrá el juicio, y cambiados en un abrir y cerrar de ojos en sustancia angélica, es decir, revistiéndonos de un manto de incorruptibilidad, seremos transportados al reino celestial" ('Adversus Marcionem' Libro III,24)
Dice también Tertuliano que esto lo había tratado ya en una obra llamada 'De spe fidelium', hoy perdida, invocando la autoridad de Ezequiel (cap. 48) y la del Apocalipsis de Juan, acerca de la nueva Jerusalén (testimonio de Jerónimo).
Como es sabido, una decidida reacción contra las doctrinas milenaristas vino de la escuela exegética de Alejandría de Egipto, en algunos de sus máximos exponentes: Clemente, Orígenes, Dionisio, Dídimo. Del testimonio de los alejandrinos y del tono bastante violento de su polémica contra el milenarismo, se deduce fácilmente que tales doctrinas, que hemos visto en su ambiente más típico en el Asia proconsular, eran sin embargo muy difundidas también en Egipto, sobre todo a nivel popular.
Pero superada la persecución, rotos los lazos con el judaísmo y con un mayor peso específico de los cristianos de cultura griega en los debates teológicos, se produjeron reacciones claramente en contra de la interpretación anterior. El milenarismo, entendido como un reinado mesiánico de paz y justicia en la tierra, se comenzará a considerar una tendencia "judaizante", y por tanto, rechazable. Por su parte, la opción montanista se considerará peligrosa y herética. Por tanto, los milenaristas se inclinarán por llenar de simbolismo la idea, apartándola de su significado original aunque, eso sí, con renovado entusiasmo.
En pleno litigio el antimontanista romano CAYO, atacando al montanista PROCLO, negará la autoría de Juan respecto al Apocalipsis y lo atribuirá a Cerinto (testimonio de Eusebio, o.c. III,28). Intentando salvarla, METODIO DE OLIMPO readapta la idea milenarista haciéndola aún mas espiritualista que sus predecesores: el "séptimo tiempo semanal" será un período de reposo y no de fecundidad (Symposium decem Virginum 9,1.5). Metodio de Olimpo. Un poco posterior a Orígenes, Metodio escribió, tras las huellas de Platón, un Simposio: en el noveno discurso de esta obra un tanto singular, el autor propone su interesante interpretación del milenio. Empecemos notando la singularidad que aquí justamente la interpretación alegórica, y no la literal, está puesta al servicio del planteamiento milenarista: se trata de Levítico 23, 39-43, la fiesta de las tiendas: la verdadera interpretación de este precepto, al igual que la de todos los preceptos del Antiguo Testamento, es para Metodio exclusivamente alegórica. Las tiendas significan los cuerpos resucitados. La fiesta se celebrará por tanto en el séptimo milenio, en la creación nueva y sin dolor, cuando los frutos de la tierra habrán terminado de crecer, cuando los hombres habrán terminado de nacer, cuando Dios descansará: en fin, cuando el cosmos habrá llegado a su télos (fin). Escuchemos directamente a Metodio: Simposio IX, 5: "Habiéndome alejado del Egipto de esta vida, llego primero a la resurrección, la verdadera fiesta de las tiendas. Allí habiendo plantado la mía, adornada de los frutos de la virtud para el primer día de la resurrección, para el juicio, celebro con Cristo el milenio del reposo, los llamados siete días, el verdadero sábado. Después, de nuevo, siguiendo a Aquel que penetró los cielos (Heb 4, 14), Jesús, llego a los cielos, como también aquellos, después del reposo de la fiesta de las tiendas, a la tierra prometida, sin quedarme en las tiendas: es decir, mi tienda no permanecerá igual, sino que después de los mil años se cambiará del aspecto humano y de la corrupción en belleza y grandeza angélicas". En esta concepción conviven pacíficamente la interpretación alegórica de los frutos, ríos, árboles de las profecías mesiánicas, con el tiempo escatológico intermedio del texto del Apocalipsis. Es clara la diferencia con respecto al milenarismo material asiático, pero también es clara la distancia con respecto a Orígenes
Por su parte, ORIGENES, también en este siglo, quiere dar otro contenido al concepto, abogando por una interpretación más simbólica y espiritualizada del reinado del Mesías. Rechaza la lectura literal del Apocalipsis y, al igual que CLEMENTE DE ALEJANDRIA, aboga por una interpretación de sus profecías de un modo alegórico ('De Principiis' 2,11; 'In Mattheum 17,35'). Para él, la manifestación del reino dentro de este mundo no será sino dentro del alma del creyente: un cambio de perspectiva desde lo histórico a lo metapsíquico o espiritual. Orígenes está convencido de que toda frase de la Biblia tiene un sentido a nivel espiritual o alegórico, mientras que no toda frase puede tener necesariamente un significado literal: hay pasajes que según él no tienen absolutamente ningún sentido si son tomados literalmente. Pero esto, en un sistema que pretende obedecer a una lógica rigurosa, no se puede dar por obvio, sino que hay que demostrarlo: hay que dar una demostración que nos hallamos frente a lo que él llama "defectus litterae", es decir a un sentido literal absurdo o incomprensible. Esto es precisamente lo que nos obliga a tomar en consideración exclusivamente el sentido espiritual o alegórico. Ahora bien el milenio, sobre todo en el Apocalipsis, aunque presente dificultades de interpretación, no se presta fácilmente a ser considerado absurdo o incomprensible.
Orígenes no descarta en sí la idea de un tiempo intermedio, aunque sea de tipo racional-espiritual. Leemos por ejemplo en el De Principiis: II, 11, 6: "Pienso que los bienaventurados, alejándose de esta vida, permanecerán en un lugar de la tierra que la Sagrada Escritura llama paraíso, como en un lugar de instrucción y por decirlo así, una escuela de las almas, donde recibirán enseñanzas sobre todo lo que habían visto en la tierra. Cuando estábamos en la tierra, hemos visto animales y plantas y hemos notado sus diferencias y diversidad entre los hombres; pero viendo tales cosas, no hemos comprendido la razón de ellas, y la diversidad de las cosas que veíamos nos ha sugerido solamente investigar y buscar por qué motivo todos estos seres hayan sido creados diferentes y estén ordenados de manera diferente. Habiendo concebido en la tierra el amor y el estudio por tal conocimiento, después de la muerte nos será concedido realizarla plenamente".
La diferencia de planteamiento con respecto a Ireneo es clara: las almas (no los hombres) no estarán viviendo en nuestro mundo material, pacificado y "potenciado". Sin embargo, sí estarán viviendo nótese bien en un lugar de la tierra, es decir, todavía dentro de la Creación, de alguna manera también material: es importante tener presente que para Orígenes, como para los estoicos, existen diferentes tipos o grados de materia, y el hecho que el alma se separe del cuerpo con la muerte, no significa que se quede en un estado completamente inmaterial: sigue contando con un vehiculum de materia, más fina y más sutil, que le permite moverse y seguir su ascenso a través de regiones más elevadas y privilegiadas, pero que siempre son parte de la Creación material. A este propósito, subrayemos que "paraíso" se entiende aquí en sentido distinto al nuestro, y probablemente hay que identificarlo con la "tierra verdadera", que Orígenes coloca sobre el cielo de las estrellas fijas, y que en una homilía sobre el Salmo 36 describe como "tierra buena, tierra santa, tierra abundante, tierra de los vivientes, tierra de leche y miel".
El obispo de Arsinoe, NEPOS, milenarista, se opondrá a Orígenes en su obra 'Refutación de los alegoristas' (h.250), y encontrará a muchos seguidores entre sacerdotes y monjes, provocando la reacción del discípulo de Orígenes DIONISIO DE ALEJANDRIA, que negará la autoría de Juan respecto al Apocalipsis (testimonio de Eusebio, o.c. VII,24) y realizará una intensa campaña de captación. En Arsinoe, centro milenarista, Dionisio se enfrentará a la asamblea de monjes y sacerdotes milenaristas, liderados por CORAKION, discípulo de Nepos, en una disputa de tres días, para hacerles volver a la ortodoxia de la que se habían separado (su obra 'Acerca de las promesas', h. el 256) (testimonio de Eusebio, o.c. VII, cap. 24-25). Mientras estas disputas sacuden a los teólogos de la escuela alejandrina, los poetas cristianos de Occidente COMMODIANO ('Institutiones adversus gentium deos'. 44) y LACTANCIO ('De Divinis Institutionibus', VII, 22-24) se muestran milenaristas.
Lactancio, retórico pagano convertido al cristianismo y precepto del hijo de Constantino [primer emperador cristiano], sostenía: Después de la resurrección, el hijo de Dios reinará durante mil años entre los hombres y los gobernará con un gobierno muy justo. Los que vivirán para ese entonces no morirán y durante mil años engendrarán a multitudes inmensas […]. Entonces el sol será siete veces más caliente que ahora. La tierra manifestará su fecundidad y producirá espontáneamente cosechas abundantes. La miel brotará profusamente de las montañas y el vino de los ríos. El mundo será finalmente feliz, liberado del imperio del mal. Las bestias no se alimentarán más de la sangre. Lactancio admite mil años de reino terrenal de Dios, tras la resurrección de los justos (o.c. VII, 22), gozando de los bienes celestiales (VII, 23). Después del Juicio, Cristo "vivirá entre los hombres mil años y los gobernará con un imperio justísimo, y los justos engendrarán una multitud de hijos santos y gratos a Dios" (VII, cap. 24) Luego se erigirá en medio de la tierra una ciudad santa, donde el Señor morará con sus justos. Brillará el sol siete veces más, la tierra será muy fecunda, los montes sudarán miel y los ríos llevarán vino. (VII, cap. 24). Lactancio sigue, pues, la opinión judeocristiana.
En el siglo IV APOLINAR DE LAODICEA escribe dos volúmenes contra la obra de Dionisio de Alejandría que atacaba a Nepos, y muestra un milenarismo cercano a Cerinto. Se le opondrán BASILIO ('Epistolae' 263,4), GREGORIO NACIANCENO ('Epist.' 102,37), EPIFANIO ('Adv.Haer.' III, 36) y más tarde TEODORETO ('Haer. Fab.' 3,6).
Milenarista será JULIO HILARION ('Libel'. 38), pero lo rebatirán AGUSTIN DE HIPONA y JERONIMO. El primero de estos dos autores, después de haber admitido el milenarismo (consustancial a su etapa maniquea) y reconocerlo públicamente ('Serm.' 259,2), lo pone luego en tela de juicio, aunque sin tacharla de herejía. Lo que más combatirá será la idea de un disfrute corporal en el reino mesiánico: en un proceso que Freud encontraría familiar, lo sublimiza en el disfrute de "algunas delicias espirituales". En su 'De Civitate Dei', 20,7-9 considera que los mil años de las profecías designan el reinado de la Iglesia, el sexto período del mundo, y que ha a ser más largo que los demás. "El milenio habría comenzado como un estado espiritual que la Iglesia recibió en Pentecostés, y que individualmente cada cristiano disfruta continuamente como una comunión mística con Dios. No espera una intervención directa en la historia que la vuelque de sentido. Su escatología ya está realizada. Dios ya ha triunfado". Por eso, concluye Agustín, el reinado de Cristo sobre la Tierra sería el reinado de la Iglesia sobre la tierra, inaugurado por Cristo, hasta el Juicio Final: "La Iglesia ya es ahora el reino de Cristo y el reino de los cielos. También ahora reinan con él sus santos, ciertamente de otro modo del que reinarán después; pero no reina con él la cizaña, aunque en la Iglesia crezca como el trigo". ('De Civitate Dei', 9). Agustín fue quien más contribuyó a hacer retroceder la creencia milenarista, a pesar de que en un comienzo había adherido a ella. No quiso dar su aprobación a unas perspectivas del porvenir centradas más en lo "carnal" o material que en lo espiritual. Por consiguiente, propuso una lectura simbólica del Apocalipsis y proclamó que el nacimiento de Cristo es el comienzo de los mil años de su reino terrenal, el cual será directamente seguido por el advenimiento de la ciudad celestial. Por lo tanto, no hay que esperar un periodo intermedio. Las instancias oficiales de la Iglesia validaron la interpretación del Apocalipsis dada por san Agustín. Como consecuencia de ello, el milenarismo fue marginado, pero ello no significa que hubiese perdido su importancia histórica.
Antes de Agustín, el milenarismo occidental no tiene características peculiares. En general notamos que se trata de una doctrina ampliamente difundida: lo atestiguan autores importantes como Tertuliano, Victorino de Petovio, el poeta Commodiano, Lactancio. Hasta bien entrado el siglo IV, el milenarismo occidental permanece todavía casi del todo inmunizado de la interpretación alegórica. Jerónimo aprenderá de Orígenes y Eusebio tal "novedad" exegética, pero sin aportes originales. El verdadero vuelco vendría en cambio de Ticonio y finalmente de Agustín.
En las obras hasta 396, Agustín sigue la tradición occidental favorable al milenarismo, entendido como período escatológico intermedio, pero ya depurado de los aspectos más materialísticos. Leamos por ejemplo este pasaje de un Sermón pronunciado en ocasión de la octava de Pascua (años 393-395): Sermon 259, 2: "Este día octavo representa la vida nueva en el fin del mundo; el séptimo, representa el futuro reposo de los santos en esta tierra (Apoc 20, 4). Efectivamente, reinará el Señor en la tierra con sus santos, como dicen las Escrituras, y tendrá aquí una iglesia a la que ningún inicuo entrará, separada y purificada de todo contagio de iniquidad (Apoc 21, 27).
En otro Sermón sobre la octava de Pascua, del mismo período, explica aún más claramente: Sermon 260 C, 3-5 "Con el número ocho se significan las cosas que pertenecen al siglo futuro, donde todo persevera unido en una inmutable beatitud, y habrá perpetuamente una quietud vigilante y una acción infatigabiliter otiosa". En el séptimo día, "si bien incluido en el giro de los días del tiempo presente, también habrá descanso: es el descanso prometido a los santos también sobre esta tierra y consiste en la exención de toda tempestad mundana que los moleste, hasta que, después de sus obras buenas, descansen en su Dios".
Es evidente por lo tanto aquí como en otras obras del mismo período el esquema teológico milenarista, que trata, de manera parecida a lo que hemos visto en Metodio, de integrar aspectos distintos y aparentemente difíciles de compatibilizar, mediante la sucesión cronológica sugerida, aunque enigmáticamente, por el Apocalipsis. Se trata en definitiva de una interpretación literal, que no se ha liberado todavía del mencionado dualismo, o mejor dicho dualidad escatológica.
Poco antes del año 400, Agustín experimentó un cambio de opinión exegética al propósito. En las Confesiones finalmente (sobre todo en el libro XIII), la concepción anterior es definitivamente superada. En los años siguientes, continuó la reflexión de Agustín sobre el tema, hasta llegar a la reflexión más completa y orgánica en el De Civitate Dei, libro XX. La solución de Ticonio en su comentario al Apocalipsis, ciertamente inspiró a Agustín: los mil años del reino de los justos significarían todo el tiempo de la Iglesia, desde la primera venida de Cristo hasta la segunda y definitiva. Agustín se dio cuenta de la genialidad de tal interpretación, que marca un decisivo progreso teológico, porque tiene en cuenta un punto fundamental y dificilísimo de entender, de toda la teología del Nuevo Testamento en su conjunto: se trata del tema de la "escatología realizada". Esta concepción profundiza en el corazón mismo del misterio de Cristo, llegando a intuir que la realización de las profecías mesiánicas, y en definitiva la realización de toda esperanza del hombre y de toda creatura, ya se realiza, ya está realizada perfectamente en Cristo, si es que el creyente logra abrazar en una misma mirada, ya desenganchada de la lógica discursivo-temporal, tanto la Encarnación como la Redención realizada por el Dios Unigénito, Hijo del Hombre. Ya está realizada, sí, y sin embargo todavía espera su realización. Está en paz porque está realizada, y a la vez en tensión porque espera su realización.
Su interpretación, alegórica, pasará a ser la oficial, teniendo en cuenta que entonces la Iglesia ya estaba muy jerarquizada e institucionalizada, y que los movimientos milenaristas ejercían una oposición molesta, integrados en el conjunto de tendencias carismáticas y defensoras del modelo de cristianismo anterior.
Por eso la suscribirá también JERONIMO, condenándola abiertamente aunque sin atreverse a rechazar totalmente a los primeros autores cristianos, que comienzan a ser clásicos: "En cuanto al Apocalipsis, si tomamos la letra tan (fielmente), se viene a judaizar" ('In Isaiam',1,18) "Muchos hombres de Iglesia y martires dijeron así" ('In Jeremiam', 19) "Nosotros no la seguimos, mas no nos atrevemos a condenarla; porque así pensaron muchos varones de la Iglesia y mártires; cada uno siga su opinión; y resérvese todo para el juicio del Señor" ('In Isaiam',9)
Igual opinión la de TICONIO. Será la postura institucional salida del concilio de Efeso (año 431): no se condena a los milenaristas anteriores, pero se les cita para que no se les tenga en cuenta en ese punto. Ciertamente el milenarismo celestial, en lugar del revolucionario milenario de justicia terrenal, es menos peligroso para el "status" salido de la oficialización de la religión cristiana, que con la conversión de Constantino pasará a ser la religión favorecida del imperio.
A partir del siglo V el milenarismo será desacreditado y perderá peso en el conjunto de la Iglesia, excepto varias corrientes disidentes, que, como se verá, no acabarán de extinguirse.
A PARTIR DE LA EDAD MEDIA
Aunque la opinión de Agustín de Hipona fuera la propia de la Edad Media occidental, y la apoyara TOMAS DE AQUINO, hemos visto los grandes temores que suscitó en Europa el final del siglo IX. En vano lo combatió en ese siglo el abad de Corbia Pascasio Radberto, luego canonizado ('De corpore et sanguine Domini', cap.20), pues no faltaron movimientos mesiánicos milenaristas que predicaron la ruptura con el injusto orden social establecido y el clero y el establecimiento en la tierra de un nuevo orden. En Occidente, la idea milenarista aparecerá siempre para oponerse a la autoridad de la Iglesia, y coincidirá con tiempos de grandes cambios sociales o crisis. Ejemplos tenemos en el siglo XII (Tanchelijn, Pierre de Bruys, Eon de l'Etoile y Arnaldo de Brescia; y en al ámbito de las Cruzadas Pedro el Ermitaño y Gualterio Sin Haber). Sus seguidores: los desheredados.
Como puede suponerse, la Iglesia luchó contra estas manifestaciones, quemando a sus líderes y dispersando a los seguidores.
En el siglo XIII las tendencias milenaristas fueron más elaboradas teológicamente, y se manifestaron dentro de la propia Iglesia: el cisterciense GIOACCHINO DA FIORE y los "espirituales" franciscanos. El primero, reinterpretando las profecías del carmelita griego Cirilo, redactó el "Evangelio eterno", un comentario sobre el Apocalipsis que influyó en Francisco de Asís, Dante y otros muchos. Da Fiore dividía en tres períodos la historia de la Iglesia: el del Padre (correspondiente al Antiguo Testamento), el del Hijo (Nuevo Testamento, iniciado con la llegada de Cristo) y el del Espíritu Santo (que creía empezaría hacia el 1260) en el que se suprimiría la jerarquía en la iglesia romana para ser sustituída por una Iglesia espiritual en que reinaría el amor y la fraternidad. Algo muy parecido a lo que preveía Montano. El concilio de Letrán (1212) condenó sus doctrinas (1). Los "espirituales" franciscanos adoptaron sus ideas entendiéndolas como una crítica a la Iglesia institucional. Su apostolado llenó a Europa de procesiones de flagelantes que deseaban así adelantar la llegada del Espíritu y el fin de los tiempos.
Durante el siglo XIV se produjeron casos similares, después de la peste de 1348. En el terreno del pensamiento, defendió el milenarismo el fratícelo Albertino di Casale. En el siglo siguiente, la parte más extremista del movimiento husita bohemio, los taboritas, liderados por Jan Zizka, pretendieron llevar a la práctica su utopía de igualdad y perfección social, esto es, el "Reino de Dios", por medio de la armas. Ciertamente, estos movimientos no eran sino síntomas de una situación insostenible en lo social y en lo religioso, y el estallido no tardaría en llegar.
La Reforma, movida por una vuelta a los orígenes cristianos y contra la corrupción de la Iglesia, adoptó también ideas milenaristas. En el siglo XVI, el movimiento anabaptista se inició con una "fuerte conciencia escatológica". Sus líderes David, Aelianus y Paccius predicaron un milenarismo cercano al de los primeros siglos. Los anabaptistas se concebían como la comunidad que había de recibir el Reino de Dios en la tierra, y creían necesaria una previa reforma social. Los llamados "profetas de Zwickau" y Klaus Storch afirmaron que los ateos debían ser exterminados de la tierra ante la inminente Parusía. Thomas Münzer, por su parte, pensó que había que vencer a los impíos y encabezó la revuelta de campesinos alemanes (1524-1525) en busca de una justicia social acorde con las promesas mesiánicas, mezclando religión y reivindicación política. Zwickau se sumó a la revuelta. Después de la guerra campesina Juan de Leiden, seguidor del movimiento, establecería un Reino de Dios anabaptista en la ciudad alemana de Münster (1534-1535).
A los anabaptistas les siguió Melchor Hofmann. En 1534 sus seguidores holandeses (Jan Matthys y Johann Backelson) expulsaron de la ciudad a los "impíos", suprimieron la propiedad privada y (¡vaya!) la monogamia.
En Alemania fueron milenaristas los pietistas de Spener (s. XVII y XVIII), así como Jurieu y los profetas de los Cevennes. Por influencia de los anabaptistas alemanes, el milenarismo se instaló entre los cuáqueros ingleses (s. XVII), que defendían una tercera era del espíritu divino similar a la de FIORE. Los Independientes (separados ello mismos de la Iglesia Anglicana) pensaron llevar a la práctica el Reino de Dios, y grupos comos los Hombres de la Quinta Monarquía pensaron que para preparar el reino de Cristo y de sus santos era necesaria la revolución. También adoptaron posturas similares los puritanos ingleses, pero su líder Oliver Cromwell (1599-1658) disolvió la llamada "Asamblea de los Santos" y cortó alas a su entusiasmo apocalíptico.
No obstante, no pensemos que todas las iglesias reformadas adoptaron el milenarismo radical: sólo las que tenían un componente social de lucha contra el "status quo" injusto. Los protestantes más conservadores compartieron la opinión católica: el reinado de Cristo se refería al pasado antes que al futuro, identificando Reino de Dios en la tierra con la iglesia, aunque no se tratase de una identificación completa. La iglesia a la que hacía referencia la profecía no tenía por que ser exactamente la católica romana, pero el concepto era el mismo.
Una reacción antimilenarista se produjo a raíz de los avances científicos del s. XVII, que desacreditó la opinión de Agustín de Hipona: la naturaleza no era mala, como él pensaba. No obstante, algunos han visto esquemas propios de la creencia milenarista en la revolución inglesa de ese siglo, y en la revolución francesa. Los pro-milenarismo se adaptaron a la época: apareció el milenarismo progresista, de manos de un estudiante bíblico anglicano, Joseph Mead (Mede). Retomó el sentido literal de la profecía del Apocalipsis, pero sin el sentido catastrofista de otros milenaristas: el fin del mundo será más una recostrucción que una destrucción. A lo largo del s. XVIII su opinión dominó algunas iglesias protestantes en Gran Bretaña y EEUU.
Tras la industrialización aparecieron nuevas corrientes religiosas milenaristas. Así, en el siglo XIX aparecieron los adventistas del 7º día (defensores de una nueva era del espíritu), los irvinianos, los mormones, los mennonitas y los pentecostales. También la "comunidad católico- apostólica" escindida del anglicanismo. De estos dos siglos destacan en Alemania e Inglaterra: Tomás Burnet, William Whiston, Benger, Aetinger, Hahn, Hoffmann, Thiersch Ebrard y Delitzsch. En el siglo XIX algunos ultranacionalistas norteamericanos defendieron un milenialismo basado en el papel preponderante de su país entendiendo que allí ya se estaba comenzando a realizar la época mesiánica. Finalmente, a principios del XX también adoptarán el milenarismo los Testigos de Jehová. Todos ellos realizarán profecías concretas del año de la llegada del Anticristo y del comienzo del reinado mesiánico. Todas fallarán.
Lo siguiente ha sido tomado de Alford's Greek Testament, Prolegómenos
[Libro de Apocalipsis], Volumen IV, Parte 1, p. 252:
«En un solo punto me he atrevido a hablar con energía, porque mi convicción sobre él es fuerte, y me baso en las reglas de la interpretación justa y consistente. Me refiero a la necesidad de aceptar literalmente la primera resurrección, y el reinado milenario. Me parece que si en una oración donde se habla de dos resurrecciones se habla sin ninguna traza de distinción entre ambas (distinto es el caso en Juan 5:28, al cual generalmente se hace referencia en favor de la opinión contra la cual contiendo), si en una oración donde se hace referencia a una resurrección relacionada, y a renglón seguido se menciona a "los otros muertos", si nos tomamos la libertad de tomar la primera resurrección en sentido figurado y espiritual, y la segunda en forma literal y física, entonces pondríamos fin a todo el significado definido mediante las sencillas palabras, y el Apocalipsis, así como cualquier otro libro, podría tener el sentido que a nosotros se nos antojaría darles. Es un hecho curioso que aquellos que defienden esta postura (contraria al Reino Milenario literal), estudiosos como generalmente lo son como para sostener la interpretación primitiva, se ven obligados, no sólo a torcer el sentido llano de palabras, sino a abandonar el consenso unánime de los Padres primitivos, algunos de los cuales vivieron tan cerca de los apóstoles que tuvieron que haber conservado la tradición apostólica en este punto. Esta tradición recién fue abandonada cuando la perspectiva milenaria original calló en excesos para nada espirituales[Nota al pie de la página de Alford: El estudiante encontrará un buen relato de la historia de las opiniones sobre este tema en el artículo titulado, "Chiliasmus", en la Herzog's Encyclopadie]»
Lo siguiente ha sido tomado de Alford's Greek Testament, Volumen IV, Parte
II, sus notas sobre Apocalipsis 20:5 ("Ésta es la primera resurrección"):
Por largo tiempo, los lectores de este Comentario se habrán dado cuenta de que no puedo estar de acuerdo en que se distorsionen las palabras de su sentido llano y de su lugar cronológico en esta profecía, por considerarlas difíciles, o por motivo de algunos peligros que pueden conllevar la doctrina del milenio. Aquellos que vivieron inmediatamente después de la partida de los apóstoles, y toda la Iglesia por unos 300 años, entendieron estas palabras en su sentido natural y literal: y es algo que llama sobremanera la atención en estos días ver a comentaristas que son los primeros en reverenciar a los primeros tiempos de la historia, y que a la vez dejan de lado el ejemplo más convincente de unanimidad que presenta la primera etapa de la historia de la Iglesia. En cuanto al texto mismo, ninguna exposición legítima del mismo podrá extraer de él lo que se conoce como «interpretación espiritual», que ahora está de moda. Si en un pasaje en el cual se mencionan dos resurrecciones, en el cual ciertas "almas vivieron" en la primera resurrección, y "los otros muertos" sólo volvieron a vivir al final de un período específico de tiempo después de la primera resurrección; si fuésemos a interpretar en ese pasaje la primera resurrección con el sentido de una resurrección espiritual con Cristo, mientras que le atribuimos a la segunda resurrección el significado de resurrección literal del sepulcro, entonces, destruimos todo el significado esencial del lenguaje, y la Escritura es vuelta nula como instrumento para dar testimonio de forma definida de las cosas. Si la primera resurrección fuese espiritual, entonces así también lo debiera ser la segunda, lo cual, supongo, difícilmente alguno lo sostenga. Pero si la segunda resurrección es literal, entonces la primera también lo debe ser, lo cual, en común con todo el pensamiento de la Iglesia primitiva y muchos de los mejores expositores bíblicos, yo mismo sostengo y acepto como artículo de fe y de esperanza.»